Lo mismo que en la plaza se reconoce una buena faena en las buenas tardes de toros, donde las orejas son el mejor premio, junto con los grandes aplausos a una labor meritoria. Así quisiera reconocer en el Día de la Mujer Trabajadora a tantas madres y abuelas que siguen cada día en la brecha, poniendo ilusión, sin importarles los años, haciendo cada día la mejor faena en la plaza del hogar, repartiendo cariño para que todos nos podamos sentir a gusto.
Cuántas veces he brindado por nuestras madres y abuelas y cuántas más seguiré haciéndolo porque en mis poemas al viento siempre estarán presentes de mil maneras diferentes.
Si digo que la mejor cocinera es, para muchos, la querida abuela es porque no es difícil que salga a relucir en quienes, ya con bastantes años, sigan acordándose de la famosa frase: «¡Como guisaba mi madre, nadie!».
Tampoco es difícil ver en nuestros pueblos a quienes después del trabajo, aunque tengan familia, siguen comiendo en la casa de la madre y la abuela, donde nunca les faltará el calor lleno de cariño de quienes la faena, en vez de cansarlas, les satisface, sobre todo cuando en el hogar reina la paz. Será por eso que cada vez les cuesta más a los jóvenes independizarse. No tienen ninguna prisa en buscar pareja porque se sienten muy a gusto donde están, aunque eso ya es harina de otro costal, porque las madres no pueden ser eternas.
Las más jóvenes os merecéis reivindicar vuestras aspiraciones por un puesto de trabajo digno, donde el salario no tenbga por qué ser inferior para nada por ser mujer, ya que en cualquier puesto lo podéis hacer igual que los hombres.
No hace mucho decía en un artículo que el trabajo es salud y alguien se reía, aunque después decía «qué razón tienes». El trabajo, tantas veces odiado, ahora es lo más deseado por todos porque es lo más esencial para caminar por la vida y que cada familia pueda hacer frente a las necesidades diarias. Sin trabajo, cada vez estarán peor las cosas; lo estamos viendo y viviendo. A quienes, como en nuestro pueblo, además de asistir a los actos programados, lo celebran con fiesta y merienda, desearles lo mejor y seguir diciéndoles que unidas se llega a todos lados y es muy bonito, aunque a veces ya pesen los años.
Y para terminar algo que valga de verdad la pena: Madres y abuelas, el más precioso cantar, el amor compartido que no tiene caducidad.
Eutimio Núñez/ Soto de Cerrato
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