Lectura de manifiestos reivindicativos, representaciones teatrales, conciertos, reparto de dípticos informativos, homenajes genéricos e individualizados, presentación a la opinión pública de planes de igualdad, conferencias, mesas redondas, testimonios de empresarias, emprendedoras, especialistas, discapacitadas, sindicalistas, directivas, madres de familia, datos de empleo y desempleo, de salarios y dificultades para conciliar la vida laboral y familiar. Profusión de actos, como cada año por estas fechas, para celebrar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Otra vez ha sido ocho de marzo y otra vez la Diputación ha llenado el Teatro Ortega con setecientas mujeres de la provincia, en una velada a caballo entre lo lúdico y lo reivindicativo. Y otra vez el Ayuntamiento, a través de la Concejalía correspondiente, ha convocado a los y las palentinas en la Plaza Mayor y un poco más tarde en el Teatro Principal. Hay quien se pregunta si tiene sentido demandar la igualdad en nuestros días, cuando las leyes la contemplan, al menos en los países del llamado primer mundo, y hay quien cuestiona si celebraciones como la del Día de la Mujer sirven para algo.
Posiblemente el sentido de mantenerlas radique, como en el caso de otras muchas jornadas conmemorativas, en lo que tienen de recordatorio, de espacio para la denuncia pública o para la concienciación social. Y poco más.
Lo fundamental en el tema de la igualdad entre hombres y mujeres está en el trabajo y la convivencia del día a día, ya que no hay ley, norma, reglamento o acuerdo que equilibre las fuerzas y logre aquello que los propios interesados no quieran lograr o estén dispuestos a asumir. De poco servirá hablar, programas y hasta legislar en favor del reparto de las tareas domésticas si hombres y mujeres, en su domicilio común, no lo ponen en práctica. Es una tarea lenta, en la que todos debemos participar, una tarea a base de pequeñas sumas y de pasos adelante, en la que la educación de las nuevas generaciones es quizá el elemento fundamental, como ayer mismo ponía de manifiesto el consejero de Familia de nuestra Comunidad. El niño y la niña han de ser educados en igualdad de derechos, deberes y oportunidades, de forma que el género no predisponga ni a favor ni en contra de unas u otras profesiones, sino que sean la formación, el talento y las capacidades personales las que marquen la pauta.
El deseo generalizado es que días como el 8 de marzo acaben siendo pura celebración.
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